martes 24 de noviembre de 2009

Pintando un sueño


Lienzo grande,
tiene que caber todo lo que quiero,
pinceles de todos los tamaños,
para pintar lo menos malo y lo más bueno.

Caballete alto, bajo, ancho y estrecho,
en fin, acorde al lienzo.
Colores primarios, secundarios e intermedios,
sin olvidar el blanco y el negro.

Era el primer sueño que pintaba,
esbocé una y otra vez hasta encontrar lo que soñaba.
Desperté varias veces, pero dormida quedaba
para realizar esa quimera que necesitaba.

¿Qué pinto primero?,
¿la realidad o el sueño?
Empezaré por el sueño,
quiero que se cumpla lo que siento.

Rojo para las sonrisas,
para el pañuelo que tan bien te queda,
para el manto bordado en seda
y para la sangre en primavera.

Azul para ti.
Te pinto del color de la pureza,
del conocimiento y de la inteligencia,
de la ebria melancolía y de la dura tristeza.

Amarillo sol,
de los campos de mi tierra,
de la playa desierta
y del oro de tu cabeza.

Naranja intenso,
para el fuego que quema,
para la llama que arde,
para teñir nuestra hoguera.

Verde esperanza,
la que nunca se pierde,
la que nunca se encuentra
cuando no se sueña.

Violeta, el mío.
El que pinta mis letras,
El que sueña conmigo.
El que me acompaña despierta.

martes 10 de noviembre de 2009

Levantose

Foto: Clemente Oliveros Mejías


Levantose una mañana gris y descubrió que ya no tenía cabida. No tenía razón alguna para su existencia. Después de muchos años deambulando por el camino oscuro, decidió tomar su maleta y marcharse. Maleta que nunca deshizo. La trajo colmada de miedos, rechazos, dudas e indecisiones y al abrirla por última vez comprobó que todo el equipaje iba de vuelta, todo estaba en orden, no se dejaba nada. Ella no había permitido que dejara sobre la cama ni una sola de sus tardes.

Intentó una y otra vez quedarse, dormir junto a ella, beber sus lágrimas y enredar su pelo.
Insistió en, más de una ocasión, que le brindase otra oportunidad; tiñéndose de colores dulces pretendía ocultar sus amargas intenciones.
Reclamó el finiquito de soledad que tanto ejerció, solicitó un día más para sembrar la plaga que le había quedado en las alforjas.
Suplicó de rodillas que no lo despidiera, necesitaba de su tristeza para seguir viviendo.

Ese mismo día, su fiel compañera, tomo unas tijeras y recortando el asiento de la vieja silla puso punto y final a una larga historia.
No volvería a sentarse en aquel lugar, no pasaría ni un segundo más con ella, no volvería a ver un amanecer gris por la ventana, ni la acompañaría en ese tren. Cruzaría el lago sin prisa y con pausas, todas las que quiera.

Café con azúcar, por favor, talla L que quiero estar cómoda. Pelo suelto y despeinado, zapatos grandes para que el camino no se quede corto, acordes desafinados y cuerdas de repuesto, maleta vacía para llenarla de sueños, mente en blanco para empezar desde cero, recuerdos futuros y presentes inciertos, temor ¿qué temor? Ah!!! Se marchó, no encajaba en mi vida.

miércoles 21 de octubre de 2009

Me gustaría irme con ellos cuando toque...

Foto: María Lourdes Auyeros


Aquí yacen los tarados,
¿locos?, ¿cuerdos?... desquiciados.
Emigrantes de la ira,
los que quisieron comer
todas las frutas prohibidas,
los que jamás comprendieron
dónde llevaba la prisa,
los que nunca adormecieron
ni su llanto, ni su risa,
los que brindaron su mano
sin pedir una franquicia,
los que amaron sus amores
aún sin besos ni caricias.


Este epitafio llego a mis manos a través de mi amigo Ramón. No tiene desperdicio alguno, cuando me marche me gustaría irme con esos locos, cuerdos, desquiciados...

viernes 16 de octubre de 2009

¿Detrás o delante?

Foto: Clemente Oliveros Mejías
Te ves ahí, dependiendo del objetivo,
¿el estar, el vivir, el sentir?,
¿no es suficiente motivo?

¿Detrás de qué?, ¿elegiste tú el lugar?
Siendo errante de alambique,
sin saber dónde embarcar.

¿Delante?,no es tu forma de actuar.
Eterna acompañante, sin ambición de destacar,
pero dueña del talante.

¿Sola o acompañada?
Espigas, tierra y sol…
detrás de la alambrada.

martes 6 de octubre de 2009

5 de octubre, Navidad!!


No, no me he equivocado, cuando aún no ha llegado el otoño, en mi casa hemos puesto el Belén. El nacimiento de una preciosa niña nos ha llenado de ilusiones y el corazón nos reboza de amor para darle.
Ayer tarde, la llamada de un padre ilusionado me renovó el alma, -ha nacido mi hija, es tan grande que en vez de Clara tendremos que decirle Doña Clara-. Me quedé riendo un rato, después de escuchar el tono de voz más feliz del mundo, y me dije, será grande en todos los sentidos, no me cabe la menor duda.

Desde que me dieron la tan agradable noticia de que sería tía, no he parado de imaginar su cara, de querer abrazarla, de regalarle cariño, pero ayer al verla, y casi sin poder explicar lo que sentí, una gran emoción me acompañó y descubrí un cúmulo de sensaciones que jamás había sentido, era ella, esa que me ha tenido nerviosa los nueve meses que se ha pasado en el dulce vientre de su madre.

Cariño, si antes te quería y no sabía como eras, ahora que te conozco no te puedes imaginar cuanto puedo llegar a quererte. Tengo que confesarte que la sonrisa desde ayer no se me ha desdibujado de la cara, es imposible, sólo recordarte me llena de felicidad.

Gracias cielo, tu compañía nos dará un ejemplo de amor diario.

lunes 21 de septiembre de 2009

Conversación nocturna


Pasaban las diez y media de la noche cuando Lucía, agotada de la dura jornada del lunes, decidió tumbarse en la cama y dormir placidamente hasta que el inseparable amigo el despertador sonara a las seis y cuarto, hora muy desagradable de levantarse aunque te acostaras a las ocho de la tarde.

- Buenas noches cariño ¿qué tal el día?
- Pues como siempre, en el lado derecho.
- Ya, eso lo sé, pero yo digo de trabajo y cansancio.
- Regular, vamos por no decir fatal, si recuerdas bien nos hemos pasado todo el fin de semana de un lado para otro sin descansar, yo no podía más.
- Ya, pero tocaba mujer, y tú sabes que cuando empieza no hay quien la pare.
- Claro, no lo dudo y por si fuera poco en tacones todo el tiempo, casi ná.
- Anda vente conmigo que te voy a dar mimitos, que ya veras como te relajas y descansas hasta que empiece la nueva jornada.
- Ay!!!, no sé que haría sin ti, tus roces son suaves masajes que me llenan de calma.
- Sí, si, pero cuando tenemos visita bien que te pegas al otro.
- Debes de comprender que los dos hacemos lo mismo, buscamos el calor ajeno para reconfortarnos.
- Llevas razón, hacemos lo mismo, nos volvemos locos cuando alguien entra en nuestra cama, tenemos fiesta y masajes compartidos, por cierto, ¿desde cuándo no tenemos compañía?
- Hace tiempo ya, la verdad es que ni me acuerdo de esos momentos, vamos que si dependiera de nosotros la cosa cambiaría, y mucho!!
- Eso segurísimo, andaríamos lo que hiciese falta para tener caricias al final del día.
- Todo llega izquierdo, he oído algunas conversaciones, aunque por la distancia me cuesta, y todo apunta a que sea ese el objetivo a conseguir. Sueña con tener cada noche a esa persona en su cama y claro, a nosotros nos alegraría la vida.
- Espero que no tarde, aunque estamos juntos cada noche necesitamos compañía para dormir mejor.
- Tengamos paciencia, seguro que en poco tiempo esta mujer nos regala dulces sueños.
- Hasta mañana cariño, relaja tus uñitas.
- Descansa cielo, tu planta lo agradecerá.

(Retales de aburrimiento)

viernes 11 de septiembre de 2009

Muda, sorda y ciega


Existen tres figuras en el templo de Tosho-gu en Nikko (Japón), talladas en el siglo XVII, que representan a los tres monos sabios, el que no oye se llama Kikazaru, el que no habla, Iwazaru y el que no ve Mizaru. Representan una máxima budista que dice: “No escuches maldades, no digas maldades y no veas maldades”. Son tres de las reglas de oro a seguir para alcanzar la sabiduría.


Cuando descubrí la imagen me quedé un buen rato pensando, la miraba una y otra vez, y aunque resulta un poco graciosa, me dejó fascinada.
En principio interpreté un poco de desentendimiento, de individualismo, no sé, por unos instantes pensé que ser ciegos ante problemas obvios, sordos ante las lamentaciones de un pueblo y mudos para no corregir graves errores que se cometen, era un acto verdaderamente triste, cobarde, vacío de contenido y falto de humanidad, pero seguidamente cambié de dirección y me incliné por otro pensamiento.


No considero que esas tres figuras asemejen el pasotismo, si no todo lo contrario, reflejan la fórmula mágica para que todas las personas podamos ser mejores y llevar una convivencia más sana, sin envidias ni rumores y sin tantos dolores de cabeza por circunstancias ajenas.


Tenemos que aplicarnos la regla de “no creas todo lo que te dicen, no digas todo lo que sepas, y si no estas seguro menos todavía, y no mires lo que no debas”. Creo que ya está bien de tanta blasfemia y de tanto mal.


lunes 7 de septiembre de 2009

La piel del alma


¿Qué te envuelve alma?,
¿de qué te hicieron?,
¿visible o invisible?,
¿fuerte o débil?

El abrazo te conmueve,
el beso te apasiona,
la caricia te impresiona
y la desgracia te descompone.

¿Dónde vives?,
¿estás en todos los cuerpos?,
¿hay gente sin alma?
y, ¿alma sin gente?

Me dueles, ¿eres tú o soy yo?
te desnudas sin pedírtelo,
te entristeces sin razón y con ella,
te ríes ante la sonrisa del payaso
y la nostalgia se adueña de tu vacío.

Tu piel, alma, tu piel,
fuerte y débil a la vez,
se endurece con los años,
pero nunca dejas de crecer.

viernes 14 de agosto de 2009

"Persiguiendo un sueño"


Como cada noche, antes de irse a dormir, volvía a mirar por la pequeña ventana de madera que la llevaba hacia el exterior. Observaba detenidamente cada una de las luces que colgaban del manto eterno o, en su caso, aquellos paños grises que cubrían el infinito anunciando caídas de lágrimas de algún que otro ángel triste.

La suave y cálida brisa recorría cada poro de su piel, era una caricia constante de manos invisibles que llenaban de ternura el momento mágico del anochecer.
Todo era digno de admiración, lámparas naturales, aire artesano y en más de una ocasión era sorprendida por una bandada de aves que le daban las buenas noches y un hasta pronto cuando emprendían el camino de vuelta hacia tierras extrañas. Parecían cometas brillantes unidas por el mismo hilo que en tiempos de estío emigraban con deseos de volver.

Era un ritual que se repetía una y otra vez al llegar el ocaso del día, saboreaba de esa manera la tranquilidad del silencio y se envolvía en las penumbras del azabache cielo.

Una vez colmada sus ansias de libertad se tumbó reposadamente sobre la cama, cerró los ojos de forma pausada y empezó a recordar todo lo acontecido a lo largo de la jornada; desde el soniquete del viejo despertador, al alba, hasta la intensa ducha antes de perseguir el sueño, cosa que últimamente le costaba.
Sus pestañas se balancearon una y otra vez, pero a medida que pasaron los segundos ese movimiento se hizo más y más pesado y mucho más lento, hasta que de forma inesperada el párpado superior quedó reposado sobre su fiel amigo.

No habían pasado treinta minutos, cuando un mal sueño la hizo despertar de forma repentina, su corazón perdió el ritmo de la calma y el pulso bailó al son de los nervios. Un sudor frío surcó toda su frente y su cuerpo excitado salió de la cama a toda prisa para dirigirse al viejo desván, lugar donde guardaba su bien más preciado.

La habitación se encontraba al final de un largo pasillo desembocando en el primero de los veintiocho peldaños que, de forma serpenteante, componían la escalinata de mármol. Casi sin encender la luz y medio desnuda, se dispuso escalera abajo saltando los escalones de dos en dos, no había tiempo que perder, algo le decía que aquello que cuidaba como “oro en paño” corría peligro.

Haciendo un poco de fuerza abrió la puerta, deformada por la humedad, hasta meterse dentro de forma brusca. Encendió la tenue luz que llenaba de protagonismo a las sombras, y buscó entre baúles, trastos, cachivaches y cacharros aquella humilde caja de cartón que protegía, envuelta en paños de algodón, desde su niñez. La tenía desde que unos parientes lejanos, en una de sus usuales visitas, la trajeron llena de galletas y chocolateados bombones, recubiertos de papeles de colores asemejándose a una acuarela. Por fuera mosaicos azules y blancos pintaban todo el cartón, ya desgastados por el paso de los años, pero seguía conservando la misma esencia que le atrajo desde el primer momento.

Su corazón latió fuerte. Tomó la caja entre sus brazos con miles de cuidados y muy despacio se dirigió hacia la ventana principal de la fachada, abrió los grandes portones y se sentó en el suelo.
Sus piernas, separadas por el barrote central del antiguo balcón, se mecían sobre el vacío y de vez en cuando cruzaba los pies, de forma que el roce de uno con otro apartara de su mente la soledad en la que estaba sumergida.

Su comportamiento era el mismo que el de una niña pequeña, pero esta vez las ilusiones no llenaban aquel pequeño recipiente ni la inocencia formaba parte de aquellos redondos ojos acaramelados cuando lanzaban la vista al infinito.

Desde su encuentro con aquella caja de cartón, Isabel había decidido guardar cosas que consideraba importantes. Coleccionaba sonrisas, inocencia y amor, todo gesto de cariño lo almacenaba de forma especial.
Cada vez que se sentía mal, enfadada o triste, abría aquella caja, respiraba profundo y cerrando los ojos su estado de ánimo cambiaba.
No había nadie que la entendiera mejor, la sociedad que la rodeaba estaba llena de incomprensión, odios y envidias, y eso la llevó a depositar en aquel imaginario cajón de sueños todo lo mejor que iba recibiendo.

La pesadilla que la hizo despertar, la llenó de temores y vulnerabilidad. Soñó que le robaban todo lo que, con tanto cariño, había guardado a lo largo de los años. No podía soportar la idea de un corazón sin sueños, de una mente sin aspiraciones y de una vida sin contenido. No encontraba la niña inconformista, con carácter y fuerte de espíritu que siempre fue.

Despertó llorando, el sueño que desde siempre persiguió no aparecía en su vida, no se identificaba con aquella persona que sentada en el andén de la vía veía la vida pasar.
(Relato presentado en el I Encuentro Literario Internacional "Letras de la Posada")

miércoles 29 de julio de 2009

No te digo yo...


Si es que todo no sirve para todo, con la cantidad de interruptores que hay en el mercado ¿por qué nos empeñamos en tener lo que nadie tiene?. Podemos ser originales, pero se puede correr el riesgo de que al final no quede como debiere o pueda parecer algo extraño, no se…

Pero vamos que eso pasa con todo, esa imagen es sólo un ejemplo de la cantidad de rarezas que nos vamos encontrando. No tenemos término medio, tenemos que destacar en cosas que sólo sirven para lo que sirven, en fin, que las personas raras catalogadas como tal quizás seamos menos que las que no tienen tal calificativo.

Encenderemos la luz divina..., todo sea para que los iluminados sigan inventando.