viernes, 31 de octubre de 2008

El encuentro

Pasaban las cuatro y media de la tarde, se aproximaba la cita que ansiosa había esperado. Después de toda una semana esperando, Ariel se disponía a emprender ese viaje que tanto le agradaba a su corazón.
Cada domingo se convertía en un ritual de nerviosismo y felicidad, que más tarde tendría su recompensa y haría merecedora la espera.
Al despuntar la mañana del día festivo parecía que todo era mejor. Los problemas se aplazaban para otra ocasión, la mente se despejaba y los inconvenientes carecían de importancia. Sólo su confidente, persona de total confianza y con gran sentido de la prudencia, sabía hacia donde se dirigía. Y siempre le decía lo mismo, Ariel ten mucho cuidado y saludos de mi parte.
Las curvas marcaban el sendero interminable que la conducían al encuentro. Nubes, del más tierno algodón, bajaban desde el cielo infinito para suavizar el asfalto. Conocía a la perfección cada palmo que recorría; señales, árboles, coches y pueblos. No había pérdida, cada domingo por la tarde se iniciaba el rito sincero que la uniría a esa pieza que encajaba en su vida.
Los minutos pasaban y los kilómetros se acortaban, la distancia era cada vez menor y las ganas de sentir emociones se disparaban. En ese corto espacio de tiempo, su mente no paraba de inventar y soñar escenarios de colores diferentes. Volaba y surcaba mares incomparables, en ese sueño aparecían escenas cargadas de normalidad y lo sorprendente se hacía natural. Grandioso trayecto que le hacía pintar paisajes encantadores. El embrujo envolvía la emoción del instante y el hechizo se adueñaba de sus impulsos.
Se apresuraba el momento. El latir del corazón se acrecentaba, sus pupilas se dilataban, su cuerpo se estremecía y un escalofrío recorría todo su cuerpo. Tranquila, se decía ella misma, no queda nada, faltan segundos y el tiempo se detendrá.