viernes, 14 de agosto de 2009

"Persiguiendo un sueño"

Como cada noche, antes de irse a dormir, volvía a mirar por la pequeña ventana de madera que la llevaba hacia el exterior. Observaba detenidamente cada una de las luces que colgaban del manto eterno o, en su caso, aquellos paños grises que cubrían el infinito anunciando caídas de lágrimas de algún que otro ángel triste.

La suave y cálida brisa recorría cada poro de su piel, era una caricia constante de manos invisibles que llenaban de ternura el momento mágico del anochecer.
Todo era digno de admiración, lámparas naturales, aire artesano y en más de una ocasión era sorprendida por una bandada de aves que le daban las buenas noches y un hasta pronto cuando emprendían el camino de vuelta hacia tierras extrañas. Parecían cometas brillantes unidas por el mismo hilo que en tiempos de estío emigraban con deseos de volver.

Era un ritual que se repetía una y otra vez al llegar el ocaso del día, saboreaba de esa manera la tranquilidad del silencio y se envolvía en las penumbras del azabache cielo.

Una vez colmada sus ansias de libertad se tumbó reposadamente sobre la cama, cerró los ojos de forma pausada y empezó a recordar todo lo acontecido a lo largo de la jornada; desde el soniquete del viejo despertador, al alba, hasta la intensa ducha antes de perseguir el sueño, cosa que últimamente le costaba.
Sus pestañas se balancearon una y otra vez, pero a medida que pasaron los segundos ese movimiento se hizo más y más pesado y mucho más lento, hasta que de forma inesperada el párpado superior quedó reposado sobre su fiel amigo.

No habían pasado treinta minutos, cuando un mal sueño la hizo despertar de forma repentina, su corazón perdió el ritmo de la calma y el pulso bailó al son de los nervios. Un sudor frío surcó toda su frente y su cuerpo excitado salió de la cama a toda prisa para dirigirse al viejo desván, lugar donde guardaba su bien más preciado.

La habitación se encontraba al final de un largo pasillo desembocando en el primero de los veintiocho peldaños que, de forma serpenteante, componían la escalinata de mármol. Casi sin encender la luz y medio desnuda, se dispuso escalera abajo saltando los escalones de dos en dos, no había tiempo que perder, algo le decía que aquello que cuidaba como “oro en paño” corría peligro.

Haciendo un poco de fuerza abrió la puerta, deformada por la humedad, hasta meterse dentro de forma brusca. Encendió la tenue luz que llenaba de protagonismo a las sombras, y buscó entre baúles, trastos, cachivaches y cacharros aquella humilde caja de cartón que protegía, envuelta en paños de algodón, desde su niñez. La tenía desde que unos parientes lejanos, en una de sus usuales visitas, la trajeron llena de galletas y chocolateados bombones, recubiertos de papeles de colores asemejándose a una acuarela. Por fuera mosaicos azules y blancos pintaban todo el cartón, ya desgastados por el paso de los años, pero seguía conservando la misma esencia que le atrajo desde el primer momento.

Su corazón latió fuerte. Tomó la caja entre sus brazos con miles de cuidados y muy despacio se dirigió hacia la ventana principal de la fachada, abrió los grandes portones y se sentó en el suelo.
Sus piernas, separadas por el barrote central del antiguo balcón, se mecían sobre el vacío y de vez en cuando cruzaba los pies, de forma que el roce de uno con otro apartara de su mente la soledad en la que estaba sumergida.

Su comportamiento era el mismo que el de una niña pequeña, pero esta vez las ilusiones no llenaban aquel pequeño recipiente ni la inocencia formaba parte de aquellos redondos ojos acaramelados cuando lanzaban la vista al infinito.

Desde su encuentro con aquella caja de cartón, Isabel había decidido guardar cosas que consideraba importantes. Coleccionaba sonrisas, inocencia y amor, todo gesto de cariño lo almacenaba de forma especial.
Cada vez que se sentía mal, enfadada o triste, abría aquella caja, respiraba profundo y cerrando los ojos su estado de ánimo cambiaba.
No había nadie que la entendiera mejor, la sociedad que la rodeaba estaba llena de incomprensión, odios y envidias, y eso la llevó a depositar en aquel imaginario cajón de sueños todo lo mejor que iba recibiendo.

La pesadilla que la hizo despertar, la llenó de temores y vulnerabilidad. Soñó que le robaban todo lo que, con tanto cariño, había guardado a lo largo de los años. No podía soportar la idea de un corazón sin sueños, de una mente sin aspiraciones y de una vida sin contenido. No encontraba la niña inconformista, con carácter y fuerte de espíritu que siempre fue.

Despertó llorando, el sueño que desde siempre persiguió no aparecía en su vida, no se identificaba con aquella persona que sentada en el andén de la vía veía la vida pasar.
(Relato presentado en el I Encuentro Literario Internacional "Letras de la Posada")