miércoles, 24 de marzo de 2010

Jesús es juzgado por Pilato


Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: « ¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Pilato les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho?» Ellos gritaron más fuerte: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. (Evangelio según San Marcos. 15, 12-15)

Al leer el anterior testimonio no parece que hayan pasado casi dos mil años, puesto que día a día escuchamos, vemos o presenciamos actos de rechazo, odio e incomprensión. No podemos mirar estos hechos como algo lejano en la historia y como si no nos afectasen a nosotros. El pecado de todas y cada una de las personas es el que crucifica a Cristo.

¿Quién no ha interpretado alguna vez en su vida el papel de Pilato?, alguien que se declara neutral, se lava las manos para dejar clara su indiferencia y para colmo tiene plena libertad de elegir al malhechor, para su puesta en libertad, y condena al Justo diciendo “vosotros lo habéis querido”.

Tenemos como triste costumbre juzgar por nada, pero lo más triste es que vemos como ese Pilato, que un día se lavó las manos delante de una muchedumbre débil, ahora no da la cara para decir lo que piensa, ¿de qué tiene miedo?, ¿por qué juzga a la sombra?

Y me hago otra pregunta ¿es más malo Barrabás o los que gritaron su nombre para su posterior liberación? No somos conscientes del testimonio leído, nos detenemos en analizar a la figura del delincuente y no nos paramos a pensar en el odio que emanaba de unas voces crueles que, sin sentido alguno se negaron a ver la justicia.

Eligieron la libertad de un desgraciado delincuente, pero detrás estaba la alternativa de rechazar la libertad de un inocente; el pecado se vistió como algo menos malo.

¿Qué hipocresía verdad?, desde su condena seguimos haciendo lo mismo, no hemos cambiado. Nos vestimos con las mejores galas para empobrecer nuestra alma, quitamos tiempo a la comprensión para dedicárselo a la crucifixión, o mejor dicho primero crucificamos y después se pone la cara de pena, para querer demostrar lo que no se siente.

Ese Jesús, incomprendido, juzgado y crucificado por nosotros, nos dejó un grandioso legado, el AMOR y nos encomendó lo mismo, AMOR. Es la herencia más preciada que tenemos y nuestra misión es que no se pierda generación tras generación.

Es hora de reflexionar y montarnos en el carro del cariño, del respeto, de la caridad, de la humildad y de la sinceridad.

martes, 9 de marzo de 2010

...se cerró

                                                                                         Foto: Gregorio Colago

Quiso cerrar la ventana y la cerró,

quedando las rejas muertas al balcón.

Ésta será la mejor manera, pensó.

Los segundos latían a contrarreloj.

No se me escapa el tiempo y lo intentó,

saliendo de prisa al escalón.

Los ladrillos de blanco pintó,

derramando el resto en su corazón.

Macetas de geranios descolgó,

y pétalos de todos los colores guardó.