martes, 10 de noviembre de 2009

Levantose

                                                Foto: Clemente Oliveros Mejías


Levantose una mañana gris y descubrió que ya no tenía cabida. No tenía razón alguna para su existencia. Después de muchos años deambulando por el camino oscuro, decidió tomar su maleta y marcharse. Maleta que nunca deshizo. La trajo colmada de miedos, rechazos, dudas e indecisiones y al abrirla por última vez comprobó que todo el equipaje iba de vuelta, todo estaba en orden, no se dejaba nada. Ella no había permitido que dejara sobre la cama ni una sola de sus tardes.

Intentó una y otra vez quedarse, dormir junto a ella, beber sus lágrimas y enredar su pelo.
Insistió en, más de una ocasión, que le brindase otra oportunidad; tiñéndose de colores dulces pretendía ocultar sus amargas intenciones.
Reclamó el finiquito de soledad que tanto ejerció, solicitó un día más para sembrar la plaga que le había quedado en las alforjas.
Suplicó de rodillas que no lo despidiera, necesitaba de su tristeza para seguir viviendo.

Ese mismo día, su fiel compañera, tomo unas tijeras y recortando el asiento de la vieja silla puso punto y final a una larga historia.
No volvería a sentarse en aquel lugar, no pasaría ni un segundo más con ella, no volvería a ver un amanecer gris por la ventana, ni la acompañaría en ese tren. Cruzaría el lago sin prisa y con pausas, todas las que quiera.

Café con azúcar, por favor, talla L que quiero estar cómoda. Pelo suelto y despeinado, zapatos grandes para que el camino no se quede corto, acordes desafinados y cuerdas de repuesto, maleta vacía para llenarla de sueños, mente en blanco para empezar desde cero, recuerdos futuros y presentes inciertos, temor ¿qué temor? Ah!!! Se marchó, no encajaba en mi vida.