miércoles, 18 de agosto de 2010

A punto de...

A punto de caer,
de olvidar.
A punto de querer
de llegar.
A punto de llorar,
de parar.
A punto de reír,
de avanzar.

A punto de nada,
pero con ilusión.
Sin saber si llegará
o por el contrario, no.
A punto de todo,
pero sin ser,
atrapar la esperanza,
o dejarla marchar.

A punto de…,
incertidumbre asegurada,
de oferta tengo la impaciencia,
inquietud en bolsas de regalo,
el momento envuelto en ausencia,
a punto de…,
desasosiego para qué, para nada.

martes, 10 de agosto de 2010

Momentos fugaces




Miró varias veces hacia la izquierda para asegurarse de que la incorporación que debía realizar fuera lo más segura posible. Eran las tres de la tarde y la carretera que conducía a su pequeño pueblo estaba colmada de tráfico; camiones muy lentos cargados de todo tipo de mercancías, coches de diferentes colores, motos que se colaban entre un vehículo y otro, y ella como eje principal de su propio mundo. Estaba tan concentrada en lo que hacía que por momentos pensó ir sola, nada la entretenía ni le restaba atención. Pensaba únicamente en llegar para disfrutar de unos días de vacaciones, eran las fiestas de su localidad. El reencuentro con familiares y amigos que, desde hace un año no veía, era el principal objetivo de aquella persona que soñaba despierta.

Al volante llevaba su humilde coche, ese que en muchas ocasiones había sido y es objeto de burlas por parte sus compañeros, por tener el color que tiene y por lucir cristales tintados al más puro estilo cani. –No te pega nada ese coche amarillo, podías pintarlo o comprarte otro- le decían más de una vez. No le importaba, sabía que lo hacían sin maldad, y también era consciente de que por ahora no podía tener otro y sólo pedía a su Dios que no le pasara nada y que le durase mucho tiempo. -Lo importante es que me lleva y me trae a mi trabajo- decía una y otra vez cuando cuestionaban el dichoso automóvil.

El calor era sofocante, la calzada serpenteaba arrojando altas temperaturas y la circulación cada vez se ralentizaba más. Era periodo de jornada continua y todas las personas salían a la misma hora de trabajar, parecía el puente una feria gigante donde cada cual era dueño de su propia atracción. El aire acondicionado en lo más frío y en la máxima potencia, música para todos los gustos y cada uno con el suyo propio, y grandes dosis de paciencia para no desesperar en el intento, era la única forma de pasar lo mejor posible aquel interminable atasco que, como si de un ritual se tratase, se repetía cada día y a la misma hora.

De repente, algo sucedió que rompió la monotonía del instante, una mirada se coló en su coche sin pretensiones de decir adiós. Miradas furtivas lanzadas una y otra vez pusieron nervioso aquel corazón que no entendía lo que estaba pasando, pero que latía con más fuerza y a ritmo acelerado.
Seguía conduciendo sin poder evitar devolver las contemplaciones a esa persona que estaba llenado de color aquel asfalto gris de una tarde cualquiera.

Bailes de coches y kilómetros estaban paralizados por un momento fugaz. Carla deseaba que el tiempo cayera en el más profundo letargo y la fantasía tornara hacia la realidad, para comprobar que lo que estaba sintiendo no era el espejismo del cansancio de una dura jornada. Todo su cuerpo temblaba cuando miraba hacia su izquierda y ahí estaban esos ojos aceitunados que, llenos de chispas iluminaban su rostro. La sonrisa no se desdibujaba de su cara, estaba llena de alegría y felicidad, sin saber porque, esa persona que había salido de la nada, despertó en ella una extraña inquietud que desde hacía algún tiempo la tenía perdida por completo.

-¿Quién era aquel extraño que se había instalado de vecino?, ¿de vecino o de admirador?-, se preguntaba sin respuesta una y otra vez, pero con el firme deseo de que no desapareciese de su vista, no podía terminar el trayecto, no quería que todo se esfumase sin saborear cara a cara la intensidad de una pupilas tan brillantes como el mismo sol.
Seguían de frente, como un rebaño de ovejas buscando un sitio a la sombra donde pastar placidamente, por ahora ninguno de los dos había cogido un camino diferente al que llevaban, avanzaban hacia la misma dirección, todo ello sin apartarse la vista, una y otra vez repetían aquellas miradas que hablaban de forma callada para decir mil cosas distintas.

Sin ella quererlo faltaban mil metros para que tomase el desvío de la derecha, en breve se apartaría de aquel sendero que unos minutos le había llevado a la gloria, aunque guardaba la esperanza de que su admirador hiciese lo mismo, pero no fue así, eran direcciones diferentes las que llevaban desde un principio y el destino no quiso que anduviesen más metros juntos.
Puso el intermitente para proceder a la incorporación mientras que él se preparaba para lanzarle un beso profundo alimentado por su corazón. Con fuerza puso la mano en su boca y se despidió con ese beso que le hubiese gustado postrar en sus labios.

Cada día, cuando desanda el camino de vuelta a casa, busca de forma esperanzadora aquellos ojos negros que la colmaron de ilusiones nuevas en momentos fugaces.


Relato presentado en el "II Encuentro Literario Internacional Letras de la Posada" (Montellano)