lunes, 21 de septiembre de 2009

Conversación nocturna

Pasaban las diez y media de la noche cuando Lucía, agotada de la dura jornada del lunes, decidió tumbarse en la cama y dormir placidamente hasta que el inseparable amigo el despertador sonara a las seis y cuarto, hora muy desagradable de levantarse aunque te acostaras a las ocho de la tarde.

- Buenas noches cariño ¿qué tal el día?
- Pues como siempre, en el lado derecho.
- Ya, eso lo sé, pero yo digo de trabajo y cansancio.
- Regular, vamos por no decir fatal, si recuerdas bien nos hemos pasado todo el fin de semana de un lado para otro sin descansar, yo no podía más.
- Ya, pero tocaba mujer, y tú sabes que cuando empieza no hay quien la pare.
- Claro, no lo dudo y por si fuera poco en tacones todo el tiempo, casi ná.
- Anda vente conmigo que te voy a dar mimitos, que ya veras como te relajas y descansas hasta que empiece la nueva jornada.
- Ay!!!, no sé que haría sin ti, tus roces son suaves masajes que me llenan de calma.
- Sí, si, pero cuando tenemos visita bien que te pegas al otro.
- Debes de comprender que los dos hacemos lo mismo, buscamos el calor ajeno para reconfortarnos.
- Llevas razón, hacemos lo mismo, nos volvemos locos cuando alguien entra en nuestra cama, tenemos fiesta y masajes compartidos, por cierto, ¿desde cuándo no tenemos compañía?
- Hace tiempo ya, la verdad es que ni me acuerdo de esos momentos, vamos que si dependiera de nosotros la cosa cambiaría, y mucho!!
- Eso segurísimo, andaríamos lo que hiciese falta para tener caricias al final del día.
- Todo llega izquierdo, he oído algunas conversaciones, aunque por la distancia me cuesta, y todo apunta a que sea ese el objetivo a conseguir. Sueña con tener cada noche a esa persona en su cama y claro, a nosotros nos alegraría la vida.
- Espero que no tarde, aunque estamos juntos cada noche necesitamos compañía para dormir mejor.
- Tengamos paciencia, seguro que en poco tiempo esta mujer nos regala dulces sueños.
- Hasta mañana cariño, relaja tus uñitas.
- Descansa cielo, tu planta lo agradecerá.

(Retales de aburrimiento)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Muda, sorda y ciega

Existen tres figuras en el templo de Tosho-gu en Nikko (Japón), talladas en el siglo XVII, que representan a los tres monos sabios, el que no oye se llama Kikazaru, el que no habla, Iwazaru y el que no ve Mizaru. Representan una máxima budista que dice: “No escuches maldades, no digas maldades y no veas maldades”. Son tres de las reglas de oro a seguir para alcanzar la sabiduría.


Cuando descubrí la imagen me quedé un buen rato pensando, la miraba una y otra vez, y aunque resulta un poco graciosa, me dejó fascinada.
En principio interpreté un poco de desentendimiento, de individualismo, no sé, por unos instantes pensé que ser ciegos ante problemas obvios, sordos ante las lamentaciones de un pueblo y mudos para no corregir graves errores que se cometen, era un acto verdaderamente triste, cobarde, vacío de contenido y falto de humanidad, pero seguidamente cambié de dirección y me incliné por otro pensamiento.


No considero que esas tres figuras asemejen el pasotismo, si no todo lo contrario, reflejan la fórmula mágica para que todas las personas podamos ser mejores y llevar una convivencia más sana, sin envidias ni rumores y sin tantos dolores de cabeza por circunstancias ajenas.


Tenemos que aplicarnos la regla de “no creas todo lo que te dicen, no digas todo lo que sepas, y si no estas seguro menos todavía, y no mires lo que no debas”. Creo que ya está bien de tanta blasfemia y de tanto mal.


lunes, 7 de septiembre de 2009

La piel del alma

¿Qué te envuelve alma?,
¿de qué te hicieron?,
¿visible o invisible?,
¿fuerte o débil?

El abrazo te conmueve,
el beso te apasiona,
la caricia te impresiona
y la desgracia te descompone.

¿Dónde vives?,
¿estás en todos los cuerpos?,
¿hay gente sin alma?
y, ¿alma sin gente?

Me dueles, ¿eres tú o soy yo?
te desnudas sin pedírtelo,
te entristeces sin razón y con ella,
te ríes ante la sonrisa del payaso
y la nostalgia se adueña de tu vacío.

Tu piel, alma, tu piel,
fuerte y débil a la vez,
se endurece con los años,
pero nunca dejas de crecer.