lunes, 19 de abril de 2010

Destino


Miró el reloj de nuevo y marcaba las 14:30. La jornada había pasado ligera, pero a la vez muy lenta, miró la hora una y mil veces hasta que por fin llegó el momento.

Salió media hora antes de su trabajo, no podía llegar tarde a la estación. Su tren partía a las 16:00 horas y no podía permitirse el lujo de perderlo, así que recogió todas sus pertenencias y muy alegremente se despidió de compañeras y compañeros para emprender el camino elegido.

La primavera hacía algunos días que se había instalado en la ciudad donde trabajaba. El olor de los naranjos a azahar y los coletazos finales de un incienso colmado de melancolía impregnaban las calles eternas de un lugar maravilloso para la retina del visitante. Aun así, esa mañana el cielo se había despertado con ganas de llorar y alguna tormenta que otra había pillado desprevenido a más de un transeúnte que, después de un invierno pasado por aguas, había jubilado el paraguas hasta el otoño próximo.

Después de sortear los atascos, propios de la hora, y perder la calma en algún punto kilométrico llegó a la estación de trenes, su padre la esperaba para llevarse el coche, lo dejaría en un lugar seguro para que a su vuelta lo tuviera en perfecto estado. En ese momento la lluvia se empleaba con fuerzas, caían miles de gotas frías y en abundancia. Sin paraguas se bajó del coche, cogió la maleta y, con un beso, se despidió de su progenitor.

El agua en poco tiempo le había calado el cuerpo, sintió frío y rápidamente entró en la estación que, con la calefacción puesta le dio la bienvenida. Se sentó en uno de los bancos y esperó de forma impaciente a que el panel, anunciador de las salidas y llegadas, reflejara la vía de su tren. Se aseguró de no haberse dejado nada en el coche, comprobó que todo estaba en orden y abriendo el periódico por la primera página se dispuso a esperar...